Documento base de reflexión de cara al nuevo proyecto pastoral parroquial 2008/11

1. El Señor Jesús, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos” (Hch 10,38), después de haber predicado el Reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz, y después de habernos redimido con su muerte y resurrección, convocó a sus apóstoles antes de su ascensión al cielo y les mandó: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado, y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Fieles a esta tarea, los apóstoles, después de recibir la fuerza del Espíritu Santo el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-13), perdieron su miedo y anunciaron a todos el Evangelio de Jesucristo, Buena Noticia para todos los hombres de todos los tiempos.

2. La Iglesia prolonga a lo largo de la historia esa misma tarea: en su evangelización, anuncia a todos que Jesucristo es el Salvador; por medio de la liturgia eleva nuestro culto a Dios y derrama la gracia de su salvación en la celebración de los sacramentos, especialmente en la eucaristía; desde la caridad, anima a todos a una vida nueva desde el amor y la entrega, siguiendo el ejemplo del Señor. Y así va creciendo como Pueblo de Dios en medio de este mundo hasta que todo sea recapitulado en Jesucristo (cf. Ef 1,10).

3. Nuestra Parroquia de la Asunción de Martos está llamada también a realizar en el tiempo presente esa misma tarea en medio de nuestro barrio y en medio de nuestra ciudad, para gloria de Dios. Esa tarea de evangelizar, celebrar la fe en la liturgia y vivir en la caridad no es sólo una invitación de la Iglesia; es ante todo un mandato del Señor que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). No podemos eludir nuestra responsabilidad como cristianos.

Propósito de esta reflexión

4. Como servicio a esta misión que tenemos encomendada os ofrezco, al cabo de casi un año entre vosotros, esta reflexión para que la leáis con sosiego, la meditéis con atención, y la oréis con piedad, pidiendo al Señor que a todos nos ilumine y nos dé fuerza y ánimo para poner en marcha un Proyecto de Pastoral acorde con el sentir del Señor y de su Iglesia y adaptado a las necesidades concretas de nuestra comunidad parroquial en estos momentos. La base de esta reflexión está en la voluntad de toda la Iglesia de encarar este tiempo que estamos viviendo con un nuevo dinamismo, un nuevo ardor, un nuevo lenguaje y unos nuevos métodos

5. Este documento pretende haceros pensar e invitaros a que a lo largo de este verano vayáis aportando vuestras ideas. Os las agradezco ya de antemano y os aseguro que todas serán tenidas en cuenta. Vuestras aportaciones serán presentadas y dialogadas en la Asamblea Parroquial Extraordinaria que tendrá lugar a finales de septiembre, y a la que estáis invitados todos los feligreses de la Parroquia. Desde las conclusiones que entre todos extraigamos elaboraremos la programación pastoral de todos y cada uno de los grupos cristianos de nuestra comunidad.

Pasado, presente y futuro de nuestra Parroquia

6. Si queremos construir un futuro en firme de nuestra Parroquia tenemos que ser conscientes y valorar nuestro pasado y nuestro presente. A casi cuarenta años de la fundación de la misma no tenemos más que motivos para dar gracias a Dios por nuestra historia, tan llena de buena siembra y de buenos frutos.

Desde aquí quiero agradecer el trabajo de todos los que de una u otra forma han servido en esta porción de la viña del Señor, pero muy especialmente a los párrocos que me han antecedido: D. Francisco Pérez, D. Manuel Peña, D. José Lomas y D. Cristóbal Jiménez. Todos ellos han trabajado duro y han dejado una herencia preciosa, en especial el fuerte sentido de “comunidad” que nos anima a todos. Ese es un fuerte cimiento sobre el que podemos seguir construyendo nosotros ahora. Quiero apelar a vuestra memoria, a todos esos compromisos y trabajos que habéis hecho a lo largo de la historia de la parroquia, de los que os sentís orgullosos y recordáis con cariño. ¿No sería posible, ahora, revitalizar todo eso? ¿No sería posible volver a imprimir en nuestra comunidad ese sentido fuerte de familiaridad, de trabajo, de participación y de colaboración de todos?

Juan Pablo II decía que “es necesario que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad, atendiéndola en sus múltiples necesidades: de la catequesis a la animación litúrgica, de la educación de los jóvenes a las más diversas manifestaciones de la caridad.” (NMI, 46)

7. Para entender todo esto tenemos que tener presente la realidad social, cultural y religiosa que estamos viviendo. A comienzos de este nuevo siglo y nuevo milenio, somos testigos privilegiados de una época en plena ebullición y cambio en todos los niveles de nuestra existencia. Todos vemos cómo ha cambiado nuestra sociedad y nuestro pueblo. Esos cambios han sido a mejor, ¡qué duda cabe! Pero también nos damos cuenta de las sombras de los mismos. A nivel religioso contemplamos con preocupación cómo la fe y la moral cristiana ha perdido en gran parte ser el motor de la vida de las personas, especialmente de los jóvenes. Todos sabéis a lo que me refiero y no me quiero extender en ello. Pertenecemos a un pueblo profundamente religioso, pero falto de una formación religiosa suficiente que permita una vivencia gozosa y plena de la fe cristiana. No es este el momento de analizar las causas de este fenómeno y nuestra propia responsabilidad en las mismas. Y todavía es difícil vislumbrar las consecuencias que en un futuro más o menos próximo puede tener este fenómeno de secularización. Pero como cristianos tenemos que dar una respuesta y no quedarnos siempre en lo negativo y en lo complicado de la situación.

8. El cambio de nuestro tiempo se puede aventurar altamente positivo si es que realmente nos mejora a nosotros mismos como personas y como miembros de la gran familia humana. Pero si el cambio se quedara solamente en lo superficial, en lo técnico, entonces estaremos perdiendo una gran oportunidad. Jesús nos invita constantemente a fijarnos una meta, unos objetivos: no solamente “estar mejor”, sino sobre todo “ser mejor”, crecer a nivel humano. En ese sentido el Evangelio realiza un servicio inestimable a la persona y a la sociedad humanas. Es hora de decirlo alto y claro en el alba de este tiempo nuevo: el Evangelio, la auténtica fe cristiana, no está de sobra en nuestro mundo. Muy al contrario se convierte en luz y criterio de una humanidad nueva, más dichosa, más fraternal. La invitación de Jesús es hacerlo ya, aquí, ahora. El evangelio ha cumplido dos mil años, pero sigue siendo joven y está lleno de vitalidad. Más aún, estoy convencido de que es el único mensaje con apoyos sólidos y libre de cu alquier interés, capaz de dar un impulso nuevo, más humano, a la sociedad que amanece.

9. Ahora la pregunta es: ¿realmente creo esto? ¿en verdad considero que el evangelio es “lámpara para mis pasos y luz en mi sendero” (Sal 119,105)? ¿realmente creo que la fe es un motor para el cambio en mi vida, en mi familia, en mi barrio, en el mundo? ¿estoy dispuesto a llevar a cabo el proyecto de vida nueva que me ofrece el Señor?

Los cristianos debemos responder afirmativamente; más aún podemos responder afirmativamente, y esa es la respuesta ilusionada que debemos dar y propiciar entre todos en nuestra comunidad parroquial de La Asunción de Martos. Poner las bases para esa respuesta afirmativa es el propósito del Proyecto Pastoral que entre todos realicemos a partir de septiembre.

El espíritu a imprimir en nuestra Parroquia

10. ¿En qué línea debemos trabajar? ¿Cuáles son los hitos que debemos asumir como fundamentales en ese Proyecto de Pastoral?

Siguiendo las palabras de Benedicto XVI, “la Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de su deber de volver a proponer al mundo la voz de Aquel que dijo: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12).”

Para ello se hace necesaria una relación íntima, amistosa con el Señor, que se fraguará en la Eucaristía, en la celebración de los demás sacramentos y en la oración, viviendo personal y comunitariamente la santidad como condición propia de todos y cada uno de los cristianos.

La celebración de la Eucaristía debe ocupar un lugar preferente en nuestra programación pastoral, como fuente, centro y culmen de toda la vida cristiana. Es preciso insistir en este sentido, dando un realce particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana.

11. A nivel de evangelización, debemos dar gracias a Dios por el enorme y eficaz esfuerzo llevado a cabo por los sacerdotes y los catequistas, por los jóvenes y los grupos de matrimonios, por los chicos del coro y por los mayores de Vida Ascendente. Es un precioso tesoro para cuidar y acrecentar. Esta tarea de la evangelización es hoy por hoy más necesaria que nunca. Debemos crear ámbitos de formación cristiana y aprovechar los que ya tenemos, fortaleciendo la Escuela de Fundamentos Cristianos que ya existe en Martos. Planteémonos, por ejemplo, cómo aprovechar las nuevas tecnologías. Así mismo quiero hacer una llamada a los catequistas para que se planteen como crecer en el conocimiento del Señor, para poder ellos a su vez transmitir el don de la fe.

12. El fin último es convertirnos todos en testigos del amor, ya que “en esto conocerán todos que somos discípulos de Jesús: si nos tenemos amor los unos a los otros” (cf. Jn 13,35) y crear lazos de comunión entre nosotros y con los cristianos de las demás parroquias de nuestra ciudad y de nuestra diócesis. La Iglesia nos urge a la opción preferencial por los más pobres que debe animar toda la vida de caridad en la Iglesia y que supone un ámbito especial de actuación de los laicos. Desde aquí quiero hacer, pues, un llamamiento a todos los fieles para una renovación seria en el espíritu y en la acción de nuestra Cáritas Parroquial, para que en comunión con la Interparroquial y la Diocesana, y en colaboración con otras instituciones, sea más eficaz en su tarea.

13. No quiero olvidar las necesidades materiales de nuestra parroquia. Difícilmente llegamos actualmente a unas condiciones de autofinanciación. Estamos haciendo un esfuerzo grande por lograr unas mínimas infraestructuras que propicien una labor pastoral eficaz. Eso sin entrar en el deterioro de las dependencias parroquiales. No podemos cerrar los ojos y escurrir el bulto. El sostenimiento económico de la Parroquia depende principalmente de todos nosotros y de nuestra generosidad. El Consejo Económico deberá trabajar fuerte en concienciar e informar convenientemente de todo ello a la feligresía.

14. Queridos hermanos: permitidme una confesión propia de un joven sacerdote ilusionado con su trabajo y empeñado en nuestra parroquia de La Asunción.

Yo no me conformo con una parroquia donde haya una vivencia mediocre de la fe. Sueño con una parroquia modelo donde el Evangelio se viva con todas sus implicaciones. Quiero una parroquia viva donde todos estemos implicados e integrados en la causa del Señor; quiero una parroquia abierta al barrio y a sus gentes sean como sean; quiero una parroquia que ponga empeño en la evangelización de todos; quiero una parroquia que forme cristianamente a todos, especialmente a sus agentes de pastoral. Quiero una parroquia abierta a los niños y a los jóvenes, donde éstos puedan formarse cristianamente y desarrollar todas sus potencialidades vitales, sintiéndose como en su propia casa; quiero una parroquia donde los adultos, y muy especialmente los padres de familia, encuentren apoyo, comprensión y luz para llevar a cabo su trabajo y su inestimable tarea en esta sociedad; quiero una parroquia donde todos los grupos cristianos de formación, de culto, o de caridad, donde todos los movimientos, trabajen por la glori a del Señor y el crecimiento humano y espiritual de sus componentes; quiero una parroquia donde los ancianos encuentren ternura y sosiego y puedan enriquecernos a todos con su experiencia de vida y con su trabajo; quiero una parroquia que se cuide de los más pobres y de los enfermos del barrio; quiero una parroquia que anuncie a todos la verdad del Evangelio y el gozo de ser cristiano; quiero una parroquia, ante todo, que ame a Dios, que ore, que celebre la fe en la eucaristía y en los sacramentos. Quiero una parroquia que sea del Señor y que sea lo que el Señor quiere.

15. Hermanos, expresamente he hecho un recorrido muy general de lo que considero importante para la etapa que se abre a nuestra parroquia. Sois vosotros los que debéis concretizar y definir los objetivos y disponeros a colaborar intensamente en el trabajo a realizar. Nuestro trabajo no parte de cero. Existe en la Parroquia un potencial enorme en sus feligreses. Que esto no se quede en papel mojado depende de todos. Gracias por vuestra atención. Pongamos este proyecto en manos de nuestra titular, la Santísima Virgen Asumpta al cielo, pidiéndole alcance para nosotros la bendición del Señor.

Termino citando al recordado Juan Pablo II: “¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. (...) El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: «Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza «que no defrauda» (Rm 5,5).”


 
 
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